Desert (un cuento)




- ¿Conoces los amores imposibles?

- A la perfección.

Los hombres siguieron sentados mucho rato, mirándose con parsimonia, desafiándose, retándose. La pipa iba de un lado a otro de la mesa y los restos de café creaban figuras abstractas en el fondo de las tazas. La noche ya se había puesto helada, y el frío, en esas latitudes, es el más traicionero de los bandoleros nocturnos.

- Pues bien, dime, ¿qué te trae por acá?
- Creo que lo sabes muy bien. He decidido regresar, dar un vuelco a mi vida. Ya no puedo más. Mi laboratorio se transformó en una verdadera jaula, mi familia, en un zoológico, y decidí salir a dar una vuelta.
- ¿Lo mismo le dijiste a Caroline?
- Exactamente lo mismo. Seguramente está sentada en la silla mecedora que le regalé, esperando aún. La vuelta ha sido mucho más larga. Al llegar al cruce por donde se entra a mi hacienda, me despojé de algunas cosas poco esenciales para emprender el camino (hoy me doy cuenta que hubiesen sido útiles, sobre todo para obtener un poco de dinero). En un hoyo donde los Jones tiran su basura, lancé el reloj, la cadena de oro, nuestro anillo de bodas, las colleras y el sujetador de corbata. Todo del más puro oro, no menos de 35 kilates.
- Vaya, vaya… bien podríamos estar tomando whisky en la taberna del frente en vez de este café repugnante.
El tendero frunció el ceño y puso su mano derecha debajo de la barra.
- Venga ya, llegó la hora. Luego me seguirás contando lo de Caroline, que por cierto, cuando se entere que lanzaste vuestro anillo de bodas a un hoyo donde hay estiércol, te mandará a dormir con los perros.

Ambos hombres se pararon lentamente, esperando la reacción de los otros dos comensales que había a esa hora en la cafetería. La mayoría del pueblo estaba en ese minuto en el Cabaret Rouseige, que, iluminado por unas baratas luces navideñas, daba la bienvenida al pueblo y a todos los forasteros que por una razón u otra, quedaban atrapados en el implacable desierto de Arizona. (Por qué en todas las historias que hay un cabaret, éste tiene que ser de origen francés, excepto en las de Tennessee)

- Acá hace un frío terrible. Los huesos se me están congelando poco a poco.
- A mí el pelo.
- Caminemos rápido y hagamos de esto un sencillo trámite.

Al llegar a la esquina del Cabaret, los hombres examinaron las calles contiguas. Nadie, ni una sola alma deambulaba por el lugar. Parados en una esquina, refugiados por la sombra que les daba el techo de una galería, se oían solo los exagerados gritos de fiesta y mujeres del lugar bohemio. El plan era bastante sencillo, no había otra ciudad en todo el estado que tuviera un lugar más fácil para robar caballos y carretas que ese. La ubicación, estratégicamente mal planteada, daba justo al camino que bordeaba los montículos que separaban a la ciudad de la desolación.  

Se acercaron erguidos hasta donde los animales estaban amarrados. No había chico que cuidara el establo, pues el último, hijo de una pareja de esclavos que servía en la hacienda del famoso Dr. Morrison, había muerto de hipotermia hace solo unas semanas (ya hablamos del frío). Desamarraron una yegua gris, que de noche simulaba el color de la sombra en la luna. Y otro caballo de color café oscuro y piel suave, de carácter manso.

- Un momento más, esperemos un momento más. Catherine nos dará la señal.

Una de las ventanas se abrió parcialmente y de ella cayó una vela, que se fue apagando en la caída. Los hombres se activaron rápidamente, uno de ellos pisó la simbólica señal y entraron al bar disparando escopetazos a diestra y siniestra. El cañón no dejaba de sonar, la percusión de una rítmica matanza había comenzado y parecía que todo lo que se movía era objetivo de un disparo. Sangre, hombres cayendo al piso desde lo alto, escaleras como cataratas coloreadas por un rojo que inspiraba pavor. Más sangre, puertas abiertas, quejidos y mirada de sorpresa en las famosas prostitutas del Rouseige, eran la perfecta articulación de un cuadro de violencia sobrehumana.

El último humo salía desde el cañón erecto del arma de uno de los hombres, cuando su compañero tomó esta parte del arma, la bajó, y con una señal afirmativa, un leve movimiento de cabeza que sombreó parte de su mirada, indicó que todo estaba concluido. Pasearon por entre el caos que habían dejado, cuando uno de los moribundos, con un arma blanca en la mano, intentó acuchillar el pie de uno de los hombres. Ni siquiera alcanzó a rozar la ropa del sujeto, y ya tenía marcado un escopetazo en la sien.

Registraron algunos bolsillos, lanzaron lo de más valor a las atónitas (pero cómplices) prostitutas, quienes sabían del asunto pero no pensaron jamás que tanta sangre se derramaría y abandonaron por la misma puerta en la que entraron.

 

 

- El dinero está en nuestro poder, al fin.
- Sin dudas, y lo sabes, ha sido el mejor ajuste de cuentas que se ha visto por estos lugares.
- No lo dudo. Siempre me inspiraste confianza. Aunque le pegabas a nuestra madre, siempre lo hiciste con una justa razón.
- Venga ya, a los caballos.

Cabalgaron por la sombría noche cubiertos por abundantes prendas de cuero. Los caballos de vez en tanto relinchaban, y el vapor que salía de sus narices indicaba todo el esfuerzo que estaban haciendo. Los caballos se quejaban tanto como aquellos moribundos que yacían en el cabaret.

Se alejaron lo suficiente del pueblo como para programar un descanso y además tener tiempo para continuar viajando.

- Sabes, siento que es un poco arriesgado que nos detengamos en esta zona. El pueblo entero debe estar buscándonos.
- Nadie sabe que estamos aquí, y nunca lo sabrán.

 Fin.

 

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